Un subsecretario de Ciencia duró 39 días y se fue con una carta: el costo de un mal clima
César Lencina renunció a poco más de un mes de asumir y denunció destrato hacia el personal. Una investigación de la UNRN muestra cuánto tarda en armarse lo que una carta puede frenar.

César Oscar Lencina asumió como subsecretario de Ciencia y Tecnología a fines de septiembre. Duró 39 días. Su renuncia rige desde el 29 de octubre y la presentó en una carta dirigida a la secretaria del área, Adriana Baravalle, con copia al jefe de Gabinete, Diego Santilli. En ese documento denunció destrato y falta de respaldo hacia el personal.
La noticia circuló entre siete medios, casi siempre como un episodio de gestión: quién se va, quién queda, qué dice la carta. Casi nadie preguntó qué se necesita para que un área científica funcione, y cuánto cuesta que un equipo se rompa en el primer mes.
Un trabajo de 2025 de Santiago Manuel Kaderian, de la Universidad Nacional de Río Negro, responde parte de esa pregunta. Reconstruye cómo se crearon en la Patagonia Norte el Centro Científico-Tecnológico y el instituto IPATEC, con participación del CONICET y de la Universidad Nacional del Comahue. El período que abarca va de 2006 a 2018. Son doce años para dejar andando dos instituciones.
Ese es el dato que cambia la lectura. Lo que se construye en ciencia lleva más de una década y depende de articulaciones entre organismos, de acuerdos entre personas, de equipos que se quedan. Lo que se rompe, en cambio, puede romperse en 39 días con una conducción que no logra sostener a su gente.
La carta de Lencina dice, según se conoció, que hubo dificultades persistentes para desarrollar la gestión. La frase importa menos por la pelea que por lo que describe: un área sin conducción efectiva en un momento en que su propia titular enfrenta cuestionamientos sobre la validez de su doctorado. Las notas coinciden en que quedan proyectos a mitad de camino y una vacante que hay que cubrir.
El contraste con otro hecho del día ayuda a medir la escala. Esta semana se conoció que el Observatorio IceCube, un detector de neutrinos enterrado en la Antártida que usa un kilómetro cúbico de hielo como sensor, recibió el Nobel de Física 2026 junto con Francis Halzen. Es un premio a un proyecto de larga duración, en un lugar remoto, sostenido por equipos que trabajaron años en la misma dirección.
Los dos hechos se explican entre sí. Los avances que llegan a un Nobel o a un instituto regional nacen de la continuidad, y la continuidad es una condición laboral antes que un presupuesto: personas que saben que su trabajo no va a ser interrumpido por el trato de quien las dirige.
Para quien investiga, enseña o trabaja en un laboratorio público, la lección es práctica. El clima de un equipo no es un detalle de recursos humanos: es la infraestructura menos visible de la ciencia, y la primera que se pierde.
“Un instituto científico tarda doce años en armarse y un mal trato puede vaciarlo en un mes: lo que sostiene a la ciencia no es solo plata, es cómo se trata a quien la hace.”
