Dos alarmas de salud que suenan a la vez: comer mal en la adolescencia y hablar tarde en la infancia
Anorexia y bulimia crecieron 71% desde 1990 y los fármacos GLP-1 preocupan. Aparte, las pantallas antes de los cinco años pueden demorar el lenguaje.

Un informe que midió la incidencia global de anorexia y bulimia entre 1990 y 2023 encontró que, en 2023, la cifra estaba 71% por encima de la de 1990. El dato llega junto con otra advertencia: los medicamentos GLP-1, los que se usan para bajar de peso, podrían agravar el problema en personas con predisposición a los trastornos alimentarios.
Los especialistas consultados no dicen que el fármaco sea malo en sí. Dicen que el beneficio no es igual para todos. En alguien con una relación frágil con la comida, perder peso rápido puede reforzar justo la conducta que ya lo enferma.
En paralelo, una nota de divulgación sobre la primera infancia remite a estudios que asocian el uso intensivo de pantallas antes de los cinco años con un desarrollo más lento del habla y del lenguaje. Los propios trabajos aclaran que muestran asociaciones y no siempre causas directas. La idea de fondo es simple: los chicos aprenden a hablar en diálogo con adultos, no mirando una pantalla.
Son dos mundos que parecen lejanos, un adolescente que no quiere comer y un nene de tres que habla poco. Pero comparten una raíz: en los dos casos, algo que mira o mide el cuerpo ocupa el lugar de un intercambio cara a cara. A los cinco años, la pantalla reemplaza la charla, la lectura y el juego compartido. A los quince o a los cuarenta, el espejo y la balanza reemplazan la mesa donde se come y se conversa.
Un trabajo de la Universidad Nacional de Rosario (2026) sobre familias de sala de 4 años de San Nicolás de los Arroyos tuvo justamente ese foco: qué creen los adultos que le hacen las pantallas al lenguaje de sus hijos. Que la pregunta ya se haga en un jardín de una ciudad bonaerense muestra que la preocupación bajó del laboratorio a la vida cotidiana.
El cruce importa más para quien trabaja de noche o en turnos rotativos. Es la familia que cena por partes, que no coincide en la mesa y que resuelve con un celular el rato en que no hay un adulto disponible. Ahí es donde la advertencia por las pantallas y la advertencia por los trastornos alimentarios se tocan: lo que se pierde es la comida y la conversación compartidas, que ningún dispositivo ni ningún fármaco reemplaza.
Falta mucho por comprobar. El informe sobre trastornos alimentarios describe un aumento, pero no prueba que los GLP-1 lo causen; la advertencia es una hipótesis de clínicos. Y los estudios de pantallas hablan de asociaciones. Lo que sí está medido es el 71% de crecimiento desde 1990, y eso alcanza para prestar atención.
Para una familia, la utilidad es concreta. Si alguien en casa empieza un tratamiento para bajar de peso, conviene que el médico sepa si hubo antecedentes de trastornos alimentarios. Y si hay chicos menores de cinco años, cada rato de pantalla que se cambia por una charla, un cuento o un juego compartido suma al lenguaje.
“Lo que protege a un chico de los cinco años y a un adulto frente a un fármaco para adelgazar es lo mismo: alguien sentado enfrente, hablando.”
