Esta noche el AMBA espera granizo; en la Antártida, el mar se vuelve más salado
El SMN avisó tormentas con granizo en el AMBA y otras nueve provincias. Un hallazgo antártico explica por qué esas alertas se repiten.

La alerta amarilla del Servicio Meteorológico Nacional alcanza al AMBA y a otras nueve provincias para este lunes 2 de noviembre. Anticipa ráfagas de viento, actividad eléctrica frecuente y posible caída de granizo. En la Ciudad de Buenos Aires la máxima prevista es de 26 grados: el calor del fin de semana no se va del todo, y esa mezcla de aire cálido con inestabilidad es la que arma las tormentas fuertes.
La advertencia llegó por tramos. La de Corrientes, Santiago del Estero, Santa Fe, Chaco y Formosa apareció pasada la medianoche. La del AMBA ya circulaba desde la noche del domingo. Antes, el organismo había avisado por viento y tormentas intensas en ocho provincias para el fin de semana largo. Es decir: no fue un aviso aislado, fue una secuencia de tres días seguidos con el mismo patrón.
Ese dato se vuelve más interesante al lado de otro que pasó casi sin ruido. Un estudio sobre la Antártida describe que, a medida que el hielo marino retrocede, el agua del océano se vuelve más salada. El agua más salada es más densa y se hunde distinto, y eso altera cómo el mar reparte calor y nutrientes por el planeta. Los autores señalan que el cambio podría afectar el clima de todo el mundo.
El cruce es este: la circulación del océano es una de las piezas que ordenan las lluvias y las temperaturas lejos de donde ocurre el cambio. Y a la vez, el SMN advierte en estas horas que el fenómeno de El Niño podría alcanzar en el centro-este argentino una intensidad fuerte o muy fuerte. Un Niño intenso es, justamente, una alteración del reparto de calor en el océano, esta vez en el Pacífico, que termina decidiendo cuánto llueve sobre la Mesopotamia, el Litoral y el Río de la Plata.
En otra punta del mismo mapa, las ciencias de la Tierra siguen sumando piezas. El metabolismo humano genera unas 2.050 millones de toneladas de CO₂ por año, un 74% más que en 1985, según un trabajo liderado por la Universidad de Bath. Es una cifra chica frente al total de emisiones, pero muestra que el balance de carbono incluye hasta lo que exhalamos. El clima no es un asunto de otros: se mide también desde el cuerpo.
Para quien sale temprano en el AMBA, lo práctico es concreto. Una alerta amarilla significa riesgo de cortes de luz, árboles caídos y demoras en el transporte, justo en el horario en que millones vuelven del trabajo. Conviene sacar el auto de debajo de árboles, revisar techos y desagües, y tener el celular cargado antes de que caiga la primera descarga.
Lo que une todo esto es una escala de tiempo. Lo que se siente al despertar, un cielo que se cierra a las seis de la tarde, tiene un origen que se mide en décadas y a miles de kilómetros: hielo que se retira, mares que cambian de sal, un Niño que se afirma. Las alertas del SMN son la parte visible, la que llega con día y hora, de un sistema que se mueve despacio y se nota de golpe.
“El granizo de esta noche no empezó hoy: empezó en un mar a miles de kilómetros que se está volviendo más salado. El clima se siente en minutos y se arma en décadas.”
