Un estudio revisa las sustancias químicas que usaban las médiums victorianas para fingir apariciones
“Un efecto espectacular no alcanza para creer: los trucos de ayer se vendían como milagros porque nadie los controlaba.”
En 1857, en Jersey City, una médium llamada Leah Brown aseguró que su cuerpo largaba partículas luminosas en plena sesión de espiritismo. Contó después, en sus memorias, que el resplandor era tan intenso que casi le quemaba las manos, y que corrió a enjuagárselas bajo una canilla y a hundirlas en la tierra húmeda del patio. Una escena de película de fantasmas que hoy, con otra mirada, se lee como química de cocina.
Porque en esa época circulaban sustancias que brillan, que reaccionan con el agua o que sirven para armar efectos visuales, y estaban al alcance de cualquiera que supiera dónde conseguirlas. Algunas eran tóxicas. Quien montaba el truco ponía en riesgo su propio cuerpo, y el que miraba, sin saberlo, quedaba expuesto a lo mismo. El engaño no solo robaba plata y confianza: también envenenaba.
Conviene fijarse en el contexto. Un siglo y medio atrás no había forma ordinaria de verificar qué había detrás de una luz en una sala a oscuras. No existían los controles que hoy damos por sentados: laboratorios accesibles, regulación de productos, la costumbre de pedir que alguien ajeno revise. En ese vacío, lo espectacular funcionaba como prueba. Cuanto más impresionante el efecto, más creíble parecía.
Ese mecanismo no murió con los espiritistas. Cambió de escenario. Hoy el efecto llamativo viene en un video viral, un producto milagroso o un remedio casero que promete resultados, y la lógica es la misma: se muestra el resultado y se esconde el procedimiento. La diferencia es que ahora la verificación existe, pero hay que querer hacerla.
La conclusión es una sola y sirve para cualquier época: un efecto deslumbrante no demuestra nada hasta que alguien puede abrirlo y ver con qué está hecho. Lo que no soporta esa mirada merece desconfianza, por más luz que largue.
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