Donald y Melania Trump reciben a niños disfrazados en la Casa Blanca por Halloween
“Cuando la Casa Blanca se vuelve escenario de fiesta popular, la institución gana aplausos y la política se vuelve espectáculo para las familias.”
Que la Casa Blanca abra sus puertas a miles de familias disfrazadas dice menos sobre Halloween que sobre cómo el poder aprendió a hacerse querer. Calabazas gigantes, música en vivo, altos funcionarios repartiendo dulces: la residencia presidencial deja de ser un edificio de despachos para volverse un escenario donde la gente común entra, sonríe y se saca una foto con quien gobierna.
No es una rareza de Washington. Los países con una fuerte cultura de masas usan las fiestas populares como puente entre las instituciones y la vida cotidiana, porque una fecha que todos conocen no necesita explicación ni militancia. Por acá lo vemos en escala más chica: Pigüé convirtió una tradición de origen francés, la Omelette Gigante del primer domingo de diciembre, en una fiesta provincial. Un estudio de la Universidad Nacional del Sur de 2026 analiza justamente ese tránsito de la costumbre al atractivo turístico. Lo que nace como ritual de comunidad termina funcionando como vidriera.
Y ahí se juega algo que conviene tener presente. Una fiesta convocante rinde en imagen mucho más que cualquier discurso, porque la gente recuerda dónde comió, a quién vio y cómo se sintió, no lo que se dijo desde un atril. Quien organiza el festejo se queda con la memoria afectiva de la jornada.
Esa mecánica no es buena ni mala en sí misma: es una técnica de cercanía tan vieja como las plazas y los balcones. Lo que cambia es la escala y la pantalla, que multiplican la postal hasta el último rincón. La conclusión que queda: cada vez que un poder se muestra amable y festivo, vale mirar qué agenda corre por detrás de la música. La simpatía es parte de la política, y entenderlo no nos hace más cínicos, nos hace lectores más difíciles de seducir con una calabaza.
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