Un estudio de física nuclear de los años sesenta describe el estado isomérico del isótopo niobio 92
“La ciencia básica rara vez da resultados inmediatos, pero casi toda tecnología que usamos hoy empezó como un experimento que parecía no servir para nada.”
Hubo un tiempo en que un laboratorio de La Plata se ocupaba de medir, con paciencia de relojero, el comportamiento de un núcleo atómico excitado: el del niobio 92. El estudio, firmado por Sara M. Abecasis y Ana B. Mocoroa, se hizo con el respaldo de la Comisión Especial de Física Atómica y Radioisótopos de la Universidad Nacional de La Plata y de la Oficina de Investigación Científica de la fuerza aérea de Estados Unidos, bajo la donación AF-AFOSR-60-9.
Un estado isomérico es un núcleo que queda detenido en un nivel de energía alto, sin soltarla enseguida, y que tarda en volver a su estado base. Conocer cuánto dura esa espera y cómo se libera es parte del mapa fino de la materia. No tiene una aplicación inmediata ni pretende tenerla: es conocimiento de base, de esos que no se usan hasta que alguien los necesita.
Lo que vale la pena mirar es la huella del financiamiento. Que una universidad argentina de los años sesenta publicara física nuclear con apoyo compartido con una agencia extranjera habla de una ciencia local conectada con el mundo, que producía datos propios en lugar de importarlos. Esos datos básicos son los ladrillos con los que después se arman los equipos de diagnóstico por imágenes, los tratamientos con radioisótopos y buena parte de la tecnología que hoy damos por sentada.
La conclusión es simple y sirve de referencia: la ciencia que no promete nada es la que más tarde rinde. Cada país que sostiene a sus laboratorios en lo que parece inútil está comprando, sin saberlo, la caja de herramientas de dentro de treinta años. Y esa caja, cuando hace falta, no se consigue de apuro.
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