Un estudio con 36 niños y sus gatos registra cambios en el vínculo y el apego entre ambos
“Un gato que aprende a responder cambia el vínculo con su familia, y también cambia la idea que tenemos de ellos.”
Durante décadas se dio por sentado que el gato era un animal que se banca solo: independiente, indiferente, imposible de enseñarle nada. Un estudio con 36 chicos y sus gatos pone esa idea en duda. Cuando el entrenamiento pasa a ser una rutina compartida entre el chico y el animal, el vínculo entre ambos cambia. Lo que se creía un rasgo cerrado de la especie resulta ser, en parte, el reflejo de lo poco que se le propuso.
Hay que decirlo con prudencia: son 36 familias, una muestra chica que abre una pregunta y no la cierra. Pero la pregunta es buena. Si el gato responde cuando alguien se toma el trabajo de enseñarle, entonces su fama de distante dice más sobre nosotros que sobre él. Lo mismo vale para los chicos: aprender a pedirle algo a otro ser vivo, con paciencia y con repetición, es una escuela de convivencia más seria que cualquier regla dicha en voz alta.
En Argentina la mascota ya es parte de la casa. Una encuesta a 208 propietarios de perros en el norte de la Patagonia, relevada con apoyo del CONICET en 2026, muestra que el modo en que se cuida y se percibe a un animal depende de quién lo tiene y cómo lo piensa. Con los gatos pasa algo parecido: el trato que reciben depende de lo que esperamos de ellos. Si esperamos un adorno que duerme en el sillón, eso vamos a tener.
La conclusión es simple y sirve para mucho más que para los gatos: el apego se construye con tiempo compartido y tareas en común, no se hereda con la especie. Una rutina de diez minutos entre un chico y su animal, hecha con constancia, enseña más sobre cuidado, atención y respeto que mil discursos sobre responsabilidad. Lo que parece carácter fijo, muchas veces es solo falta de práctica.
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