Un electroencefalograma no alcanza para leer con precisión lo que sentimos
“Leer emociones en un electroencefalograma es vender una etiqueta sobre tu ánimo con una precisión que la ciencia todavía no tiene.”
Un electroencefalograma mide algo real: la actividad eléctrica de grandes grupos de neuronas, captada desde el cuero cabelludo. Lo que no mide es la emoción. Entre una señal y un sentimiento hay una distancia enorme, y lo que se vende como lectura de la mente es, en rigor, una estimación estadística: se compara el registro de una persona con patrones promedio y se le pone una etiqueta. Alegría, estrés, desinterés. La etiqueta suena a diagnóstico, pero es una probabilidad.
Esa diferencia se vuelve importante cuando el aparato sale del laboratorio. Ya hay empresas que ofrecen cascos y programas para medir estados de ánimo, y no es difícil imaginarlos en una selección de personal, en un aula o en un consultorio. Una persona que atraviesa esa prueba puede quedar marcada por un resultado que no coincide con lo que realmente siente, y que además nadie le explica cómo se calculó.
El problema técnico es conocido por quienes trabajan con estas señales. En el ITBA, un trabajo de 2026 se ocupa de algo tan básico como alinear en el tiempo las respuestas del cerebro entre un ensayo y otro, porque la latencia con que aparece cada componente varía de una repetición a otra. Si ordenar la señal ya exige algoritmos específicos, interpretarla como un sentimiento es un salto todavía mayor.
Hay además una cuestión de fondo: lo que uno siente pertenece a la vida íntima. En la Argentina esa esfera está reconocida como derecho humano fundamental, y la UNNE señaló en 2024 que el avance de la ciencia y la tecnología obliga a revisar sus alcances y límites. Un dato sobre cómo nos sentimos es de los más personales que existen.
Conviene quedarse con una regla simple: una máquina puede registrar una señal, pero atribuirle un significado es una decisión humana, con su margen de error. Cuando alguien promete leer la mente con un casco y unos electrodos, lo que corresponde es pedirle que muestre cuánto se equivoca.
Ver el trabajo original en The Conversation ↗