Tres chicos hallados sin vida en una represa en Chaco tras desaparecer el domingo
“Tres chicos desaparecidos a pocos metros de su casa nos recuerdan que la distancia de un hogar a un peligro se mide en controles, no en cercanía.”
Tres chicos salieron de su casa el domingo y los encontraron sin vida en una represa cercana al domicilio familiar. La distancia que separa a una familia de una tragedia así puede ser de unos pocos metros, y esa cercanía es lo que vuelve el caso tan difícil de procesar: el peligro no estaba lejos, estaba a la vuelta.
En buena parte del país, el agua forma parte del paisaje cotidiano de los chicos: represas, canales, lagunas, piletas de club o de vecinos, cursos que cruzan los barrios. Son lugares que los adultos recorremos sin mirarlos como riesgo, y por eso mismo casi nunca tienen cercos, carteles ni vigilancia. Un espacio que se vuelve invisible para los grandes sigue siendo un imán para los chicos, que salen a explorar, a jugar, a refrescarse.
La fiscalía reúne testimonios y realiza pericias para reconstruir qué pasó, y esa tarea es la que corresponde: establecer los hechos antes de señalar a nadie. Pero más allá de lo que determine la investigación, queda una pregunta práctica que cada barrio puede hacerse hoy: qué cuerpos de agua hay a pocas cuadras de las casas donde viven chicos, quién los controla y quién se hace cargo de que estén protegidos.
La prevención de estas muertes rara vez depende de un gran operativo. Depende de cosas chicas y concretas: un alambrado, un aviso, un adulto que sepa adónde fueron los chicos, una conversación sencilla en la mesa sobre qué lugares no se pisan. La seguridad de un hogar no termina en la puerta de la casa; llega hasta donde llegan los pasos de un nene de cinco, siete o diez años. Cuidar a los chicos es, también, mirar con ojos de chico el lugar donde vivimos.
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