Milei viaja a Catamarca y se muestra con el gobernador peronista Jalil para mostrar avances del RIGI
“Cuando un presidente recorre provincias de otros partidos para mostrar inversiones, la obra pública empieza a funcionar como puente más que como trinchera.”
Un presidente que llega a una provincia gobernada por otro signo político para recorrer proyectos de inversión dice algo sobre cómo se hace gobierno cuando hay que producir resultados y no solo discursos. El régimen RIGI ofrece reglas de largo plazo a los capitales grandes, pero esas reglas no se cumplen solas: dependen de rutas, de energía, de permisos y de acuerdos con quienes administran el territorio donde está el recurso. Ese territorio, en la Argentina, tiene gobernador.
Catamarca es un buen lugar para verlo. Es una provincia con una tradición minera ya instalada, donde el litio dejó de ser una promesa y pasó a ser infraestructura, empleo y recaudación. Y es también una tierra con una historia larga: los estudios arqueológicos del Valle de Ambato, que la Universidad Nacional de Córdoba actualizó en 2026, hablan de comunidades que ocuparon y organizaron ese espacio entre los siglos VI y XI. Lo que se vuelve a construir ahí se apoya sobre un territorio que ya fue ordenado antes por quienes lo habitaban.
La visita se repite en el calendario: después de Catamarca, el Presidente irá a Neuquén. Dos provincias, dos lógicas productivas distintas, un mismo método: ir donde está el proyecto y sentarse con quien tiene la llave local. Es una manera de reconocer, sin decirlo, que el poder de decidir sobre los recursos naturales está repartido y que ninguna inversión de esta escala avanza sin esa firma al pie.
La conclusión es simple y sirve para mirar lo que viene: en la Argentina, las inversiones que duran no las sostiene el color político de quien inaugura, sino la previsibilidad entre Nación y provincia. Cuando esa relación funciona, la obra sobrevive a los cambios de gestión; cuando no, queda a mitad de camino. Los proyectos mineros y energéticos se van a medir, dentro de diez años, menos por el acto de hoy que por haber resistido el cambio de administraciones.
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