Desordenar un poco la casa puede ser bueno, según un estudio
“Desordenar la casa no es descuido: es permitirse vivir sin sentirse juzgado por el propio hogar.”
La casa impecable se volvió una vara de medir a la gente. Quien la sostiene todo el tiempo no solo limpia: se evalúa. El desorden cotidiano, el de la mesa con papeles, las zapatillas junto a la puerta o la ropa en la silla, se vive como una confesión de desorden interior, cuando casi siempre es el rastro de una vida que se está usando.
Lo que revisa este análisis es justamente esa presión. Frente a la promesa de Marie Kondo de que un hogar ordenado es un hogar mejor, aparece la pregunta de qué gana realmente quien se pasa el domingo reacomodando cajones. Para mucha gente, la respuesta es culpa y cansancio, no bienestar. Y hay un límite que ningún estudio fija por nosotros: cuánto desorden es sano depende de quién vive en la casa, de cuántos son y de qué hacen ahí adentro.
Conviene mirarlo con la vida de acá. En departamentos chicos, con jornadas largas y tiempo que no sobra, el orden perfecto es un lujo que se paga con horas que no hay. Hay trabajos locales que estudian cómo el entorno, sea el de una escuela o el de una empresa, incide en el bienestar de las personas, y todos apuntan a lo mismo: lo que importa es que el espacio sirva a quien lo habita, no que se vea bien para quien lo mira.
Un hogar se mide por lo que permite hacer. Si se cocina, se charla, se descansa y se encuentra lo que se busca, está funcionando, aunque haya una pila de libros sobre el sillón. El orden vale cuando alivia; cuando pasa a ser una exigencia más, deja de cuidar y empieza a pesar.
Ver el trabajo original en Phys.org ↗