Dejar las hojas y los yuyos en el jardín en otoño ayuda a los animales que pasan el invierno ahí
“Ese rincón de hojas que dejás en el jardín no es desorden: es el único invierno que muchos bichos tienen para llegar a la primavera.”
Un jardín prolijo en otoño es un jardín que, para muchos bichos, ya no tiene casa. Los insectos, los erizos y otros animales chicos pasan el invierno quietos entre las hojas caídas y los tallos secos, esperando que vuelva el calor. Cuando se rastrilla todo y se corta hasta el último yuyo, desaparece justo el lugar donde esa espera era posible.
Hay una costumbre de fondo: asociamos limpio con sano y ordenado con cuidado. Pero en la naturaleza la hojarasca no es desecho, es abrigo, y también es alimento, porque al descomponerse devuelve nutrientes a la tierra. Lo que hacemos por estética se lleva puesto una pequeña infraestructura invernal que nadie construyó y que cuesta mucho reponer.
El clima agrava la cuenta. Con inviernos cada vez más variables, con heladas fuera de fecha y calores que despiertan a los animales antes de tiempo, el refugio importa más que antes. Algo parecido muestran los trabajos del INTA sobre cultivos de cobertura en invierno: el suelo cubierto resiste mejor la sequía y las lluvias intensas que el suelo pelado. Lo que vale para un lote vale, en escala chica, para un patio.
Y acá la escala es la clave. Un patio, un fondo, un balcón con macetas o la vereda con un cantero no son nada por separado, pero sumados forman una trama enorme de pequeños refugios dentro de la ciudad. Muchas casas, una decisión parecida cada una, y el resultado cambia de verdad.
Dejar un rincón sin tocar, con hojas amontonadas y tallos en pie hasta que pase el frío, no es abandono: es la forma más barata de convertir un jardín en un lugar donde algo sobrevive. El orden de un patio se puede medir en otra cosa que no sea cuánto se barrió.
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