Chino Lasalvia presentó su candidatura a Peñarol y prometió volver a los primeros puestos de América
“Prometer volver a la élite de América es fácil; lo difícil es que un club grande no se juegue el futuro en una sola elección.”
Un club de fútbol grande no se gobierna como una empresa ni como un barrio, y la candidatura de Lasalvia arranca justo en esa tensión. Su agrupación promete devolver a Peñarol a los primeros puestos de América y del mundo, y lo hace con el vocabulario de la familia: sin elitistas, sin egos, sin puestos. Es una forma de decir que la institución es de los socios antes que de quienes la conducen.
El dato que ordena todo lo demás es que el candidato viene del negocio de representar jugadores, no del escritorio tradicional del club. En un fútbol donde los clubes sudamericanos viven de formar, vender y reponer futbolistas, quien conoce cómo se mueve ese mercado puede ser una ventaja enorme o un motivo de desconfianza. No hay manera de saberlo de antemano: se sabrá por las contrataciones, por quién cobra comisiones y por cuánto de lo que entra vuelve a la cancha.
La promesa deportiva, además, tiene un problema de tiempos. Volver a la elite continental no es una decisión de un año ni de una conferencia: se construye con inferiores, con una política de compras coherente y con la paciencia de los socios para tolerar procesos. Una elección interna premia lo contrario, la promesa rápida y el gesto de unidad que después tiene que sobrevivir a las diferencias entre los propios grupos.
Lo mismo les pasa a los clubes de este lado del río, y a los de cualquier ciudad argentina: el hincha vota con el corazón, pero paga con el bolsillo las consecuencias de cada gestión. Por eso las campañas de club sirven de termómetro. Quien habla de grandeza sin decir de dónde sale la plata está vendiendo una ilusión; quien explica cuánto cuesta cada paso, está empezando a gobernar.
La conclusión que queda es simple: un club se mide menos por lo que promete en la presentación que por lo que sostiene cuando pasa el entusiasmo de la campaña. Los proyectos de largo plazo exigen socios que los vigilen, no que los aplaudan.
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